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lunes, 14 de julio de 2014

Año 2081: desigualdad y discriminación positiva

“En el año 2081 todos los hombres eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.”

Así empieza el magnífico relato de Kurt Vonnegut “Harrison Bergeron”, en el cual se basa el cortometraje, “2081”. Ambos nos presentan un mundo en el que los inteligentes, los hermosos, los fuertes no pueden sacar ventaja de sus habilidades: llevan aparatos que impiden su pleno proceso de pensamiento, el mostrar sus encantos estéticos, hacer uso de su fuerza. La idea es que todos seamos iguales, no sólo ante la ley, sino en términos materiales; sólo que para eso se procede, no a hacer que los inferiores asciendan, sino a que los superiores desciendan.

También vemos aquí la respuesta que lleva a cabo un individuo que se rebela contra la coacción estatal: la libertad frente a la fuerza bruta, y la intención de reducir la voluntad a la esclavitud.

Esta pequeña película y este magnífico relato nos sirven para cuestionar medidas que constantemente aplican los estados como el control a la renta, la redistribución impositiva, los impuestos progresivos y las más recientes regulaciones de discriminación positiva. Políticas de discriminación positiva que, por si fuera poco, están siendo implantadas no sólo en el sector público, sino a las que además se obliga al sector privado. Todas estas regulaciones buscan aplicar la igualdad, pero poniendo taras a los que por propio mérito y/o cualidades genéticas han obtenido una situación ventajosa; son medidas que perjudican no sólo al que las sufre, sino a la sociedad en general, la cual se privará de ventajas individuales que, gracias a la división del trabajo, disfrutaría plenamente en un orden espontáneo.

Estas juegan con la idea errónea y peligrosa de que haya algo así como la culpa colectiva, según la cual los heterosexuales colectivamente sean culpables del maltrato recibido por los LGBT, los hombres sean culpables de que las mujeres ganen menos, los judíos sean culpables del malestar económico de Alemania en la primera posguerra, los blancos sean culpables de la situación miserable de algunas minorías, los capitalistas los culpables de la miseria de la clase proletaria, los países del primer mundo los culpables de la miseria tercermundista. En suma es una aplicación de la definición que daba Nicolás Gómez Dávila de lo que es en verdad el socialismo: “la filosofía de la culpabilidad ajena”. Mientras no nos encarguemos de enfrentar nuestras propias culpas y sigamos asignándoselas a entes ajenos, no podremos cambiar nuestra situación de infelicidad.

A la vez, dichas medidas en verdad terminan reforzando, si bien subrepticia e hipócritamente, la idea de que haya desigualdades inherentes entre los miembros de la sociedad: en efecto, si todos fuéramos iguales de las mismas capacidades no habría necesidad de establecer este tipo de políticas. Son presa de un racismo y un sexismo disfrazado: como dice Pablo Molina, beneficiar artificialmente a los miembros de un determinado grupo social por encima de cualesquiera otros “significa que no se confía en que sean capaces de prosperar por sí mismos, a poco que se les den las mismas oportunidades de formación que al resto de la población.”

Eso sí que es discriminación, eso sí que es admitir su inferioridad, y renunciar a la posibilidad a que por propios méritos lleguen a ser mejores.

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